“Y Yahvé Dios formó del suelo todos los animales
Del campo todas las aves del cielo y los llevó
Ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para
Que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera.
El hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo
Y a todos los animales del campo.
De la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre
Formo una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó:
“Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne.
Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada…”
(Libro del Génesis, Cap. 2º. Versículo 19 al 23).

En distintas culturas, en distintas regiones, a través de los tiempos el hombre ha llamado su mundo, le ha conferido un sonido acústico a sus objetos (y sujetos) que le permite al pronunciarlo, evocar lo deseado.

La palabra ha sido el cimiento en la construcción de un mundo humanizado, su valor estructurante ha organizado el universo del hombre. A partir de distintas categorías nombradas por la palabra, el mundo se ha distribuido y organizado de acuerdo a regiones, especies, subespecies, reinos, ciencias, disciplinas.

La palabra estructura el universo del hombre. Le confiere un signo que le permita al hombre representar su universo y a sí mismo. Todo en el universo humano ha sido nombrado, llamado por un nombre. Nombre en latín nomen; en inglés name; en italiano nome.

Según Nicola Abbagnano (1986), el nombre es la palabra o símbolo que denota un objeto cualquiera.

“Dar nombre a una fuerza, una criatura, una persona o una cosa tiene varias connotaciones. En las culturas en las que los nombres se eligen cuidadosamente por sus significados mágicos o propicios, conocer el verdadero nombre de una persona significa conocer el camino vital y las cualidades espirituales de dicha persona. Y la razón de que el verdadero nombre se mantenga a menudo en secreto es la necesidad de proteger a su propietario para que pueda adquirir poder sobre dicho nombre y nadie lo pueda vilipendiar o pueda apartar la atención de él y para que su poder espiritual pueda desarrollarse en toda su plenitud” (Pinkola, 1998).

El Nombre Propio ¿esencia del ser?

“El nombre propio es un conjunto de conocimientos relativos al portador de ese nombre, conocimientos que, al menos, en parte posee todo miembro de una colectividad” (Castillo Ramírez Juan Diego, 1989).

Desde la lógica de Platón el nombre es “el instrumento adecuado para enseñar y para hacernos discernir la esencia, de la misma manera en que la lanzadera es adecuada para tejer la tela” (subrayado mío).

Refiere platón: “La esencia de las cosas”, (según Kant: ¿el ser en sí?). Es la esencia la que persiste e insiste en el nombre.

Agamben Giorgio (2003) refiere que “…Para caracterizar con más precisión el significado de la esencia primera, Aristóteles escribe que es indivisible, mientras que las esencias segundas corresponden, pues, a la esfera del significado del nombre común, la esencia primera corresponde a la esfera de significado del pronombre demostrativo (otras veces, Aristóteles ejemplifica la esencia primera también con el nombre propio)” (Pag. 36).

Desde el campo filosófico el nombre propio indica también la problemática del ser y la esencia del mismo.

Agamben (2003) agrega que el problema del ser –problema metafísico supremo- resulta desde el comienzo inseparable del problema del pronombre demostrativo y está por eso siempre ya conectado a la esfera del indicar, “el Esto significa la indicación, el qué la esencia según el sujeto” (Pag. 36).

El “Esto” y el “qué” señalan el punto donde se efectúa el traspaso de la significación a la indicación, la dimensión del significado del ser es una significación límite de la significación, el punto donde ésta pasa a la indicación, entonces en el límite de la esencia primera ya no se dice nada, sino que sólo se indica.

Es entonces el nombre propio el Esto que indica el límite de la dicho, indica también lo negativo del sujeto, su límite, lo no dicho.

Agamben puntualiza que el “Esto” revela como un “No-esto”, como un ser-sido, y “lo que ha sido no es un ser”. Esta indefinibilidad que es inherente a la esencia primera, implica también una temporalidad y un pasado.

“La dimensión de la esencia primera le es inherente necesariamente a la negatividad, (…) la esencia primera no se dice ni de un sujeto, ni en un sujeto” (Agamben, 1986, Pag. 38).

Según Aristóteles: “El nombre -ha dicho- es un sonido de voz significativa por convención que prescinde del tiempo...” (Abagnano, 961).

En ese sentido el nombre se distingue del verbo que tiene siempre una determinación temporal. El nombre trasciende en el tiempo es inmortal (¿?).

Búsqueda del ser. Heidegger señala que el Dasein significa ser el Da. Si se acepta su traducción ya inválida de Dasein por Ser-ahí (Esserci) debería entenderse esa expresión como “ser el ahí”. Si ser el propio Da (el propio ahí) es lo que caracteriza al Dasein (el Ser ahí), esto significa la posibilidad de ser el Da, de estar en casa en el propio lugar.

La búsqueda del ser es en función de un lugar y de un nombre. El nombre propio es entonces la moratoria social del ser.